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Paisajes del Agua: El placer de pasear junto a un río (a propósito del Darro)

Muy buenas! Hoy es miércoles y como cada miércoles reposteamos desde la web de nuestro amigo y compañero Antonio Castillo,  Paisajes del Agua. Hoy me siento especialmente emocionado con el texto que os voy a presentar y no sólo por hablar acerca del río Darro, emblema de Granada, sino de su majestuoso y envolvente paseo y de lo poco considerados que hemos sido muchas veces con él… ¿valoramos justamente lo que tenemos? !Espero que os guste y pasaros por su web!

EL PLACER DE PASEAR JUNTO A UN RÍO (A PROPÓSITO DEL DARRO)

Antonio Castillo

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Camino de la fuente del Avellano, detalle de una litografía de Chapuy (1841 ca)

Desde la más remota antigüedad el hombre buscó el amparo de los ríos para vivir. El agua no era sólo la indispensable bebida, era también la comida en forma de los frutos,  la caza y la pesca que se criaba en ella. Pero los ríos brindaban otros muchos bienes y servicios. Amortiguaban las temperaturas extremas. Labraban hoces y cañones en los que era fácil horadar cuevas donde vivir, protegerse de inclemencias y defenderse de enemigos y depredadores. Sus orillas eran usadas como kilométricos corredores de comunicación, mientras que mas tarde, con la llegada de la navegación, las vías del transporte y el comercio se desplazaron a los mismos cauces. Pero sería la agricultura, y la consecuente domesticación de las aguas, la que produjo la mayor revolución, con tierras aledañas transformadas en cultivos de regadío y multitud de acequias e ingenios que generaban fuerza motriz. El hombre se hizo sedentario y de esa forma se anclaron definitivamente las civilizaciones a las márgenes de los ríos.

Pero había otra potentísima fuerza, inmaterial e invisible, que abrazaba con lazos de acero los pueblos a sus ríos. Era el espíritu. Era la atracción atávica que ejercían dioses y divinidades, así como la fertilidad que simbolizaban las aguas fluyentes. Pero era también el bienestar y el placer que provocaba saber que el río estaba cerca, poder oírlo, pasear por sus orillas, empaparse de sus luces, colores y olores, y ver a cada paso la palpitante vida que brotaba junto a él. Y era también la atracción añadida que ejercía ese permanente trasmutar que tienen las corrientes de agua y sus reflejos, que hechizaban el subconsciente como las olas del mar o las llamas de las hogueras. Era, en definitiva, un atavismo interior hacia el agua (y el fuego), que aún perdura en lo más profundo de nuestra herencia genética.

Todo esto viene a cuento de nuestro querido río Darro y de recientes reportajes de prensa que han señalado (una vez más) el lamentable estado del camino de la fuente del Avellano (y de las tres fuentes asociadas a él), mancillado y sin salida. En un tiempo lejano, este río tuvo muchas de las funciones citadas. En época romana y, especialmente, musulmana el Darro mantenía una vigorosa conexión con la ciudad, que atravesaba en toda su traza urbana. Mientras, más arriba del Albayzín las orillas del río asistían al paso cotidiano de vecinos del Sacromonte, viajeros que iban hacia Levante, labradores, pastores, molineros, pescadores, bateadores de oro,  gentes, en definitiva, de muy diferente condición. En época cristiana, entre 1510 y 1936, se embovedaría en diferentes fases el tramo urbano comprendido entre la confluencia con el Genil y Plaza Nueva, al tiempo que iban perdiéndose los usos tradicionales, los puentes y las veredas que remontaban el valle más allá de la ciudad. De esta forma, el uso lúdico del río de Granada por excelencia quedó constreñido entre Plaza Nueva y el puente del Rey Chico (o del Algibillo) a través de la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes. Apenas 700 metros que algunos viajeros ilustres definieron, con todo acierto, como la calle más romántica y bella del mundo, objetivo de miles de grabados, litografías, cuadros y fotografías antiguas. Un paseo fluvial que recorren millones de turistas y granadinos cada año, situado nada más y nada menos que entre la colina de la Alhambra en la margen izquierda, y el empinado y laberíntico barrio árabe del Albayzín en la derecha. Un tramo efectivamente bellísimo, pero injustamente corto, cerrado al paso a partir del puente del Rey Chico  (o, si se quiere, de la fuente del Avellano, casi 800 metros más adelante).

Es verdad que llegados a ese punto se brindan alternativas de paseo fantásticas (cuesta de los Chinos o camino del Sacromonte, entre otras), pero es una auténtica pena que el camino natural ahí del río, el del Avellano, se halle en la práctica perdido para la ciudad, sin salida, y a expensas del abandono y el vandalismo. Y, ello es especialmente doloroso cuando ese camino de uso público se prolongaba no hace tanto tiempo río arriba a lo largo de un valle que sigue siendo muy atractivo. En una época de auténtica explosión en Granada del turismo, del senderismo y del simple placer por el paseo sosegado de miles de ciudadanos, no se entiende bien cómo la gente se conforma con ese brusco final, cómo esa otra corriente que navega hacia arriba por la calle más bella del mundo y la más transitada por los turistas, con hambre de ciudad, de río y de paisajes, asume acabado allí su paseo fluvial. Son muchas las voces de particulares, asociaciones vecinales, culturales y senderistas, entre otras, que reclaman una solución. Lo más urgente es la prolongación de ese camino de los aguadores, literario y cultural del Avellano, icono de la Granada romántica, el arreglo de las tres fuentes, y su enlace con el del Sacromonte. A ser posible deberían también recuperarse las veredas semiperdidas que antaño subían por las márgenes del río hacia Jesús del Valle (y desde ellas a la Umbría del Generalife y el Llano de la Perdiz) hasta el puente de Teatinos (desde ahí el sendero está mejor). En definitiva, es necesario mimar más ese entorno fluvial sacromontano cultural y natural, antesala del río que baña solo unos metros más abajo el excepcional enclave Patrimonio de la Humanidad que es el recinto monumental de la Alhambra y el Generalife,  y el barrio del Albayzin.

Parece ser que la situación puede dar un giro favorable en un plazo relativamente corto de tiempo. Que hay determinación y, lo más importante, un proyecto dotado económicamente para llevar a cabo las actuaciones necesarias. Si eso es cierto, siento verdadera envidia de los futuros artífices y ejecutores de ese proyecto. La historia les va a ofrecer la extraordinaria oportunidad de prolongar el paseo más bello del mundo varios centenares (e incluso millares) de metros aguas arriba, eso sí con otras vistas y otra personalidad que complementará muy bien a la del incomparable y turístico paseo actual.

Ojalá, dentro de poco tiempo nuestros espíritus, al igual que los de nuestros ancestros, puedan esponjarse de nuevo oyendo el rumor de las aguas del Darro entre las laderas del Generalife y del Sacromonte, camino de Jesús del Valle para los más andarines, a lo largo y ancho de ese valle de Valparaiso.

¡Qué paradoja, que un valle con un nombre tan bonito, sugestivo y evocador permanezca mal comunicado y olvidado por parte de la ciudad de Granada!

 

 

De nuevo me quedo sin palabras. Un texto genial y un tema que requería firmeza a la hora de reclamar. Es una reflexión importante y sincera, todos deberíamos aprender a valorar lo que tenemos, puesto que muchas veces lo cercano nos queda demasiado lejos en el respeto. Aprendemos cada día de un grande. Espero que hayáis disfrutado de este post y valoréis mejor cuánto importa el agua en nuestras vidas. ¡Un fuerte abrazo!

Entrada completa y mucho más joyas en la web de Paisajes del Agua

 

 

Foto de la Semana 18.01.15

Saturday Video-GeA 17.01.15

Proyecto Sierra de Baza: Los Zahoríes

Muy buenas!! Hoy es viernes y reposteamos desde Proyecto Sierra de Baza! Hoy hemos querido acercaros un texto de José Valdivieso Sánchez sobre una tradición íntimamente ligada al agua: los zahoríes. Esta curiosa profesión nos acerca a nuestros ancestros y a anhelo de encontrar agua para vivir. ¿Os embarcáis en la búsqueda de agua?  ¡Allá vamos!

LOS ZAHORÍES

Por José Valdivieso Sánchez

Fuente de agua en la Sierra de Baza

En el relato se comenta esta curiosa actividad de los zahoríes o buscadores naturales de agua, que se servían de rudimentarios artilugios, pero sobretodo, de su sensibilidad o poderes para encontrar agua en el subsuelo.

En el relato que publicábamos en el mes de febrero-2007 (VER), Remedios Lozano, nos contaba cómo su padre encontraba agua con una varilla: “… ayudábamos a mi padre a hacer pozos, porque mi padre, sabía donde estaba el agua debajo de la tierra, y lo sabía a través de una varilla con forma de “ y “ que cuando llegaba al sitio del agua, se levantaba, y hasta le poníamos piedras y las tiraba. Después –contaba- cavábamos 15 ó 20 metros, mi padre, con un pico y mi hermano y yo, sacábamos la tierra por medio de un torno. Cuando estaba hecho el pozo, mi padre ponía unos anillos de cemento y los rellenábamos de hormigón y al día siguiente quitábamos los anillos y se quedaba el pozo hecho…”

Hemos querido seguir profundizando en este tema y nos hemos preguntamos el fundamento científico de esa forma de encontrar agua que aún hoy día se sigue utilizando en nuestra zona.

El agua ha sido tradicionalmente uno de los bienes más preciosos, no en vano las primeras civilizaciones se asentaron en llanuras de ríos, donde podían aprovechar tanto el agua que fluía como los fértiles limos dejados en las llanuras de inundación. Pero no en todos los lugares el agua es abundante: hay muchas zonas donde la única solución es realizar un pozo para encontrarla, y ésta es una tarea trabajosa, demasiado para que culmine sin éxito. Por ello, con el tiempo, fueron ganando prestigio los zahoríes, personas que afirmaban tener la capacidad de encontrar agua con un cien por ciento de seguridad

En la enciclopedia Wikipedia podemos ver el significado de esta palabra:

“Un zahorí es un individuo que, valiéndose de un péndulo, horquilla o dispositivo similar, afirma ser capaz de encontrar agua subterránea, tesoros ocultos, personas, y en general cualquier objeto.

Dicha pretensión es acientífica y cae dentro de la pseudo ciencia denominada radiestesia aunque goza de gran respaldo popular en zonas rurales desde hace miles de años.

Es frecuente el autoengaño al realizar experimentos si no se tiene en cuenta el efecto ideomotor. Ahora bien, cuando se intenta encontrar (agua, o incluso otras cosas como tesoros escondidos) en condiciones controladas (sin que el propio zahorí o las personas presentes sepan de antemano la localización de lo que se está buscando) se puede comprobar que la radiestesia no funciona.

Críticas

James Randi ha realizado varios estudios científicos que demuestran que en los experimentos bajo control, los zahoríes no encuentran agua más allá de lo esperado por el azar (RANDI, J. (1994) «Fraudes Paranormales» Ed. Tikal).

El propio Randi indica que, al contrario que en otras disciplinas pseudocientíficas, muchos zahoríes están autoconvencidos de que realmente son capaces de encontrar agua subterránea. Esto indica que es debido a que el agua subterránea no va formando ríos sino que forma charcos o empantanamientos de gran extensión, por lo que indica que encontrar agua no es tan complicado aplicando pequeñas observaciones naturales. Este autor indica que a partir de pequeñas observaciones y conocimiento del terreno, el zahorí sufre la ilusión del efecto ideomotor, que causa movimientos inconscientemente direccionados de la mano del practicante.

Antecedentes históricos

Ya en el antiguo Egipto, se utilizaba el péndulo, con el nombre de “merkhet”, que significa «instrumento de conocimiento» y como tal, estaba bajo la advocación del dios Thot. Se utilizaba para la orientación y ubicación de los templos. El mismo jeroglífico que representa la vara de zahorí significa “protección”.
Entre los patriarcas bíblicos, Abraham y Moisés poseían el don de hallar agua en el desierto utilizando varas o cayados que el pueblo suponía cargados de poder. La vara de Moisés podía tomar la apariencia de una serpiente, símbolo universal de las venas de agua subterránea.

Los druidas poseían sus propios cayados mediante los que encontraban los manantiales sagrados que veneraban. Estaban rematados con figuras de serpientes en forma de espiral, símbolo de los manantiales subterráneos. El báculo de los obispos católicos reproduce también esta forma.
Rabdomancia proviene de la palabra griega “rhabdos” que significa «vara» y “manteia” que significa «adivinación».

 El término zahorí proviene del árabe y significa “adivino”. Se define como antiguo método adivinatorio de aguas escondidas, metales, minerales, etc. a través de una varilla o péndulo. De esta práctica se ocupa el rabdomante o zahorí, el cual detecta manantiales, corrientes subterráneas de agua o incluso sustancias minerales. Podríamos incluso decir que se trata de una variante de la psicometría.

La técnica

La varilla utilizada suele ser una rama de avellano o abedul, arce o fresno en forma de horqueta u horquilla. Esta mide entre 40 y 50 cm. de largo y la parte de la horquilla entre 5 y 8 cm. de cada lado. De esta última parte es por donde tomaba la varilla el Zahorí para realizar su búsqueda.

Otra característica de la varilla es su flexibilidad, para posibilitar su doblez y a la vez, su fortaleza para no quebrarse. ¿Por qué?, porque en el lugar donde el Rabdomante halla la capa de agua, la vara comienza a desarrollar unos movimientos bruscos vibratorios de arriba hacia abajo indicando la ubicación de la corriente subterránea.

El funcionamiento sería el siguiente:

1º.- No situamos en posición recta sosteniendo la varilla con las manos por su parte más corta, manteniéndola tensa.

2º.- Imaginemos un caudal o corriente de agua que discurre por nuestros pies, este es el acto de concentración que requiere el experimento.

3º.- Buscamos el noreste, y caminamos lentamente en aquella dirección, ya que las corrientes subterráneas generalmente discurren de norte a sur.

4º.- Cuando crucemos una corriente, la varilla tenderán a doblarse fuertemente hacia arriba, de tal forma que si se opone resistencia, llegaría a partirse.

5º.- Llegado al lugar donde la varillas está lo más perpendicular al suelo, detengámonos y relajemos la varilla.

6º.- Volvemos a ponernos en situación de búsqueda, vamos girando lentamente en redondo, sin moverse del sitio. Cuando la varilla se levante de nuevo, indicarán que se trata del discurrir de una corriente de agua. Si por el contrario bajan repentinamente hacia el suelo, significaría hacia donde no discurre la corriente.

Debido a su éxito aparente y al beneficio que reportaban sus experimentos, los zahoríes han gozado de una consideración mucho mayor que la que se ha dado a otros «trabajadores de lo paranormal».

 

De nuevo Proyecto Sierra de Baza nos trae aspectos culturales y ambientales muy curiosos. Esperamos que os haya sido de interés y os guste la entrada. Y recordad que cualquier ayuda y colaboración es bienvenida, apoyar esta causa es de vital importancia para conservar la salud de este espectacular espacio protegido. Un saludo!

Paisajes del Agua: El Árbol y el Río por A. Castillo

Hoy y siempre, las fuentes. Muy buenas! Hoy es miércoles y reposteamos desde la web de nuestro amigo y compañero Antonio Castillo,  Paisajes del Agua. Hoy os traemos algo especial, una gran charla y una gran reflexión: la metáfora del árbol y el agua, ¿cómo podrían ser análogos? !Espero que os guste y pasaros por su web!

 

 

EL ÁRBOL Y EL RÍO

Antonio Castillo

 

DESTACADA POST. ARBOL Y RIO

Hace 5 años empecé a incluir en charlas y conferencias una analogía entre el árbol y el río, un recurso pedagógico que no había visto con anterioridad, aunque el mundo es muy grande y seguro que alguien lo usa. Todo venía de la necesidad de hacer llegar con más fuerza (y claridad) el mensaje de que los nacimientos o manantiales son esenciales para la naturaleza, entre otras cosas porque le dan la vida a los ecosistemas acuáticos terrestres. Después de madurar la idea durante un tiempo, me pareció que la comparación entre árboles y ríos era acertada para el propósito marcado y, lo más importante, sumamente fácil de entender por cualquier persona. Sobre todo eso, porque muchas veces los mensajes que lanzamos los científicos no calan en la sociedad por fallos estrepitosos de pedagogía, por nuestra gran dificultad en acomodar el lenguaje críptico de la ciencia al nivel comprensible que exige la gente. Ese arte tan noble que es la transmisión de conocimientos y la divulgación científica, en buena parte denostada por la propia Ciencia, no es tarea nada fácil, aunque pudiera parecer lo contrario para un previsible experto.

Pues bien, ¿quién no entiende el funcionamiento elemental del árbol como ser vivo? Y, ¿quién no se deja arrastrar por su belleza? Ambos son interrogantes, que sin necesidad de formación alguna tienen claras respuestas. Los árboles crecen y viven gracias a sus raíces (aunque no sólo a ellas, claro está). Y siendo eso verdad, los apreciamos por lo que vemos, por su porte, por su vuelo, por su sombra… ¿Quién se acuerda entonces de sus ocultas raíces?

Los ríos, que funcionan de forma similar, también están dotados de “raíces”. En nuestro clima mediterráneo, viven (no se agotan) y crecen (en caudal) gracias también a ellas, que en su caso no son otras que el enjambre de nacimientos, muchos al mismo cauce, de sus respectivas cuencas. E igual que ocurre con los árboles, nos dejamos seducir únicamente por lo que nuestros ojos ven, por sus rápidos, por sus pozas, por sus remansos, por sus bellas aguas…. ¿Quién defiende entonces a las aguas subterráneas y a sus nacimientos?

A lo largo de estos años de docencia, el símil ha ido creciendo y engordando con aportaciones de compañeros y alumnos. De forma que el tema  daría actualmente para un sui géneris y entretenido curso semanal. Quién lo hubiera dicho diría. Con peculiares capítulos, como: árboles, arbustos y matojos versus ríos, arroyos y barrancos; árboles de secano y de regadío versus ríos perdedores y ganadores; árboles de riscos y de hondonadas versus ríos de cabecera y de tramos bajos; árboles de raíces profundas y someras versus ríos regulados y torrenciales…En fin, que las comparaciones detalladas y en profundidad darían como se ha comentado para un buen número de horas. Seguro que muchos de los que lean este post podrán ampliar, mejorar y perfeccionar esas comparaciones. Espero aportaciones.

La moraleja o reflexión final para el agua (el tema de este blog) está clara. ¡Cuidemos a las aguas subterráneas- y a sus nacimientos-, son muchas cosas, pero, ante todo, son las raíces vivificadoras de todos los ríos y humedales continentales permanentes en clima mediterráneo, aunque frecuentemente no reparemos en ellas (ni las apreciemos como es debido) porque no se ven. Son la sangre de la tierra, son la savia vivificadora de los ecosistemas acuáticos terrestres.

Continuará…

 

 

Como veis, Antonio siempre nos lleva a otra forma de ver las cosas, una mejor. Cuando se ama y respeta tanto el agua, es fácil ser un gran divulgador, pero no es nada sencillo. Aprendemos cada día de un grande. Espero que hayáis disfrutado de este post y valoréis mejor cuánto importa el agua y los manantiales y fuentes en nuestras vidas. ¡Un fuerte abrazo!

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